Archivo de la categoría: Cronicas de viaje

Cronicas de viaje

Cómo llegar a La Habana y no morir en el intento

*Por Josefina Molinari

El día del viaje llego. Las ansias se apoderaron de mi cuerpo y las complicaciones también. El 27 de febrero a las 6 horas viajaba a Cuba con mi amigo Mauro y para llegar a destino teníamos una escala en Santiago de Chile pero, ¿Qué paso?: terremoto en Chile de 8.4 en la escala de escala de richter. Vuelo cancelado.

Idas y vueltas. Vanesa, empleada de Lan Chile, nos pudo conseguir, después muchos llamados, un pasaje a Lima. Nadie nos aseguraba que podíamos llegar a La Habana, pero nadie me sacaba nuestras vacaciones, así que nos animamos.

En el aeropuerto de Lima, en el tiempo muerto, me acordé de una crónica que un profesor me había hecho leer, la misma trataba sobre la INCA COLA (una bebida tan famosa en Perú, como es la COCA COLA en las 185 naciones en que se vende). No fue muy grata la degustación, parece un jarabe con una mezcla de chicles Beldent frutales edición limitada de maracuya.

A la hora de hacer el boarding para Panamá, otro destino más para ver si llegabamos a La Habana, teníamos lugar. Sin embargo, nuestras valijas no estaban en el vuelo por lo cual tuvimos que esperar él de las 16 horas. El personaje que logró que viajara al país de los dos océanos fue Carlos, de Copa Airlines, que nos arregló todo, hasta él mismo fue a buscar las valijas. Cansada pero contenta, avanzábamos otros kilómetros más y cruzamos la puerta 18 para llegar al asiento 17D.

Tocamos suelo panameño y en 30 minutos salía el otro vuelo así que solo había una opción: correr por todo el aeropuerto. Sentía que estaba recorriendo todo Latinoamérica. Mauro me robó mi cuaderno de viaje y escribió: “Pink Floyd en mi MP3, una señora habla y juega con sus hijos. Espero la hora del boarding. Ya me duele la cabeza pero parece que la odisea de los vuelos llega a su fín”. Ánimos parecidos.

Para embarcar teníamos complicaciones, fuck. Nos faltaba el papel que nos habían dado en Buenos aires los empleados de LAN, se lo quedaron en Lima. La chica del check in se apiadó de nosotros y nos dejo pasar. Como siempre, cuando entramos al avión, fuimos los últimos. Pero el destino final era La Habana, ya nada importaba.

La espera de meses, días y horas se terminó (y la odisea anterior también): a las 23 horas llegamos a Cuba. Ahora la duda era si las valijas estaban en la tierra de Fidel Castro, por la cinta las nuestras no pasaban. A la último (si, como siempre a lo último) nuestras valijas estaban frente a nuestros ojos y un policía me decía, con vos dulce pero firme, que no podía sacarme fotos. Lo que paso en los 21 días siguientes, es otra historia.


* Josefina es Periodista egresada en TEA, mientras escribe su tesis de Licenciatura en Comunicación en la USAL. Es, además responsable de comunicación del PRAMU, y ante todo amante de la buena vida. Le gusta mucho el fútbol y la política y la tecnología. En esta crónica relata sus días arriba de un avión, las expectativas que le genera el viaje y los obstáculos con que se encuentra. Por su trabajo, debe pasarse gran parte del año viajando y cuál George Clooney en Up in the Air, Joss se lo toma con mucha pasión y responsabilidad.

1 comentario

Archivado bajo Cronicas, Cronicas de viaje, Historias

Cielo y estrellas “made in Córdoba”

¿Ven? La tecnología da para muchas cosas…

Al momento de hacer un viaje, yo sabía que antes de partir tenía que manotear una lapicera y papel porque los iba a necesitar… (esas intuiciones que uno tiene…). Y tal cual, los necesité, y por supuesto no los tenía. Pero para eso estaba mi BB a mano… y en esa alta inspiración, lo más mundano como un fono high-tech me ayudó a la perpetuidad de lo indefinible. Esto es lo que alcancé a anotar mientras miraba inundada de recuerdos de la infancia mi cielo cordobés, uno de los más bellos, dicen. Me sonrojo, pero ahí va:

Extasiarme de cielo y estrellas… nadar en tus luces, juego de sombras tan bellas. Nadar en el cielo y volar en mar abierto, las manos de amor repletas, henchido el pecho de unión fraterna. Palpar incandescente todas y cada una de tus maneras. Brillante profundidad, alternante marea. Soplo de viento, sueño de libertad corriendo en las venas.Tumbarme en el suelo, y en la estrellada bóveda perder la mirada atiborrada de divinos anhelos. Dejar el cuerpo, y subir… hacer junto a vos la prometida estrella. Acción de gracias, acción de inigualable nobleza. Razones de ser, y humana torpeza. Ser al fin un cielo, ser estrellas, ser de lejos vibrante planeta.

La foto que acompaña no es justamente un cielo estrellado, pero es cordobés. Y la tomé un atardecer de extrema felicidad. En esa época, mi corazón brillaba más fuerte que este sol. Ojalá todos nosotros podamos brillar así algún día…

8 comentarios

Archivado bajo Cronicas de viaje, Fotografia, Historias, Poesia, Sueños

A long way back home…

*Por Victoria Hertel (@VicHertel)

Llegó el momento de volver a casa.  A diferencia de otras épocas, en ésta se viene repitiendo una mecánica especial: supuestamente ese momento sublime del volver, de la sensación del deber cumplido, de haber sido útil, de haber crecido, de haber hecho “algo por la vida” mezclada a la desesperación por sacarme los zapatos, ese momento sublime, digo, se ha transformado -espero momentáneamente- en un caer en la cuenta de ciertas cosas, en un reencuentro un tanto crudo con otro aspecto (bueno, el tema con los zapatos es un impulso siempre presente, lo reconozco!).

Me encuentran las bohemias calles de Buenos Aires con sus luces un tanto difusas de una noche típicamente hermosa de otoño; yo respiro hondo ese olorcito característico de noches como ésta. Respiro hondo, me lleno los pulmoncitos de ese mimo que me da el mundo… sigo caminando, miro a mi alrededor, me doy cuenta que te pienso, y sonrío, no sé por qué. De a poco me empiezo a perder en la melancolía, y de pronto puedo poner en palabras eso que quema mi pecho: está ahí, es como un persistente dolor de muelas que me dice a todas voces que no he dejado de quererte, que vuelvo a casa y tu beso no me recibirá, que esos días tan felices sólo dentro mío y sólo en el pasado quedarán.

El estímulo interno en que se ha convertido este brote de extrañitis surge de repente, me agarra casi desprevenida, diría yo, siempre que va terminando la jornada, cuando mis “deberes de buena ciudadana” están cubiertos por hoy, cuando caigo en la cuenta de que pasó el día, pero que de alguna manera me faltó vivir una parte. Me inunda un torrente de recuerdos, imágenes mezcladas a sensaciones. Mientras camino por la calle alguien pasa, alguien que por algún guiño del destino usa tu mismísimo perfume,  y ese torrente se intensifica en emoción. Y duele. Y casi se me escapan del cuerpo las ganas de abrazarte, casi me lleva el cuerpo, tanto que casi corro el riesgo de abrazarme al primer ser mínimamente conocido que se me cruce en ese instante.

Mientras, sigo acortando las distancias que me separan de mi “bunker”, para mí,  en el mundo el rincón más preciado: mi casa. Es mi refugio, mi cobijo, mi estudio, mi cascarón y mi “boxes” obligado. Mientras, me doy cuenta de que voy ausente y ensimismada, ausente de este mundo a medias, a medias viviendo ese momento y a medias viviendo en el recuerdo de lo que viví en un pasado que fue hermoso.

Al fin llega la hora de poner la llave en la cerradura y hacerla girar… Wake up! La travesía llegó a su fin… pero empieza otra: llegué a casa.

(Continuará)

9 comentarios

Archivado bajo Cronicas, Cronicas de viaje, Historias, Lifestyle, Poesia, Social, Sociedad, Sueños

Cronicas de viaje: los códigos en la vida de barrio

* Por Pamela Rudy, desde Puerto Rico

Estoy aquí para contarles algo sobre la música urbana y “la vida en el barrio”. A decir verdad, empiezo el texto sin estar segura de lo que voy a escribir y me da un poco miedo contar algo que pueda ofender. Yo no quiero problemas. Sepan disculpar boricuas si mis palabras no son las correctas. Escribo estas líneas desde mi humilde puesto de turista/ciudadana (no de ley) que hace casi dos meses esta merodeando una cultura rica y ambigua, plagada de códigos, como creo que solía suceder hace décadas en nuestro país.

Aclaremos antes que nada, para quienes no están al tanto, que escribo desde Puerto Rico, un “país libre asociado a los Estados Unidos”, título por demás interesante para una isla cuya moneda, sistema migratorio, líneas aéreas, servicios públicos, empresas privadas, idioma y política se encuentran “integrados libremente” dentro del sistema americano. Más de un turista pregunta a menudo cual es el presidente de Puerto Rico y no es una duda grata para aquellos portoriqueños que desde pequeños aprendieron a ver a su país como una cultura dominada a la que se sigue explotando. “Respondemos a Obama”, suele escucharse a regañadientes, si no es que suena un silencio de indignación. ¿Por qué un país libre no puede elegir a su propio presidente? Sólo el imperio conoce la respuesta, pero ya me estoy yendo del tema y no es la idea.

San Juan es el parte más antigua de la isla. En la época colonial ésta área se llamaba Puerto Rico y el país San Juan, pero como los barcos españoles partían específicamente a esta zona portuaria, los nombres se invirtieron al modo actual. Por aquellas épocas España construyó dos fuertes de guerra sobre las costas sanjuaninas. Estas enormes construcciones protegían a la ciudad de los ataques extranjeros con gran efectividad. A pocos metros cuesta arriba por encima de estos “morros”, se encontraban las elegantes y lujosas residencias de los colonos y demás gente poderosa de la época.

Ustedes se preguntarán ¿Quién salía a poner el pecho cuando alguien atacaba las costas? ¿Eran los dueños de estas hermosas residencias? Claro que no. Una distancia de aproximadamente trescientos metros separa un fuerte del otro. Allí abajo, sobre el mismo nivel del mar, vivía la servidumbre, los obreros, la clase baja, apartada del resto de la sociedad al azote de la marea y de la guerra. Todo era lógico: abajo los pobres, arriba los ricos.

Sepan disculpar mi pequeña reseña histórica, pero sucede que hoy en día las cosas no han cambiado mucho. San Juan es puerto de cruceros que arriban todos los santos días repletos de turistas hambrientos. Sus residencias siguen siendo las más costosas del mercado, en sus plazas hay enormes esculturas homenajeando a los próceres de la isla (no, no son esos humildes trabajadores que murieron luchando) y ahí mismo, donde vivían los desplazados de la sociedad, hoy se encuentra La Perla.

Imágen de La Perla, Puerto Rico.

Algunos lo llaman barrio, otros dicen que es un caserío. Lo cierto es que la gente que nace allí arrastra una identidad hace más de doscientos años, una forma de ver a su cultura que poco tiene que ver con la (con) fusión que trajo el sistema estadounidense a la isla. Ahí abajo siguen estando los trabajadores humildes, los apartados, ahora en convivencia con gángsters y una serie de pandillas que controlan la zona. Nadie se mete con La Perla, ni siquiera la policía. Todos están al tanto de que allí se venden drogas y que los ajustes de cuenta son moneda corriente, pero la justicia del barrio hoy parece tener más eficacia que la federal. Basta con conocer a las personas indicadas y mostrar respeto ante todo.

Ese es mi caso. Como soy extranjera y mis rasgos físicos no me ayudan, comencé a bajar al barrio acompañada de gente “habilitada”. Siempre que apareció la oportunidad de dialogar con alguien residente, me mostré calma y aclararé que soy de un país bien del sur, más de lo que ellos imaginan, y que estoy trabajando al servicio de “blanquitos” a cambio de muy pocos “chavos”. Y al parecer eso funciona. Una vez un personaje se acercó y me dijo: “Si alguna vez alguien te roba o te hace algo, tú me avisas. Tus cosas aparecerán en la puerta de tu casa y quien te las robó desaparece, eso es fácil”. Todo esto por haberle convidado un cigarrillo con una mirada austera (diferente a la del turista que todo lo sonríe) y eso al parecer le agradó. Así se van moviendo las cosas. Uno de los lugares más peligrosos del país puede ser también uno de los más seguros. Como dije antes, respeto ante todo.

También me atreví a salir con un ex gángster, actualmente músico bien reconocido, y les aseguro que cuando estaba con él o en su ausencia mencionaba que estábamos saliendo, nadie me miraba ni los talones y se iban alejando lentamente, como evitando problemas. Así mismo, este chico sabía absolutamente todo lo que yo hacía y eso sinceramente llegó a asustarme bastante: “ayer fuiste a cenar a Sofía y pediste una pizza con agua mineral. Después pasaste por Niuyoricans Café a saludar, no te quisiste quedar porque había mucha gente, caminaste hasta tu casa y antes de subir te tomaste una piña colada sin alcohol en el Café Guarniex”. Imagínate.

En La Perla se criaron algunos de los grandes raperos que hoy suenan en la radio, bien nutridos de los códigos del barrio. Si Tego Calderón canta “los maté, pero no fue mala fe, hice lo que tenía que hacer” o “no tiren contra mí, qué saben, si ninguno de ustedes ha matao veinte” les aseguro que no hay motivos para creer que su lírica es pura fantasía ficticia y comercial.

Como ya sabemos, el hip hop nace en los barrios y sólo de allí sale su valoración. Por lo menos en Puerto Rico se respeta sólo al cantante cuyas letras se fundan en su historia y por la audacia de las mismas son personas intocables. Ellos tienen el derecho a la palabra y a la representación del barrio. En Argentina se juzga a los músicos cuando se hacen comerciales. Aquí se los entierra cuando hablan de lo que no conocen ni deben. Los raperos de “letras genéricas”, que suben al podio desde arriba, aquí son arremetidos a muerte por todo el resto que la viene peleando. Por más comerciales que sean, no tienen el respeto de la gente y eso los convierte en profetas sólo en tierra ajena. Mencionar a Daddy Yankee, Wisin&Yandel o PDD es hablar de muñequitos de torta sin estilo propio, a los que a nadie le interesa escuchar. No se trata de “quién vende más discos”, sino de “quién es más real”.

Una de mis conclusiones es que en esta isla el hip hop, el rap, las rimas, siguen existiendo como modo de enfrentar a dos personas y ver quién es el que domina mejor el alfabeto. Siguen sucediendo los combates al estilo Bronx. Cantantes dedican producciones enteras arremetiendo contra sus oponentes y eso los consagra. Si no estás dispuesto a pelear, si tiraste contra alguien y ahora te arrepentís, no pidas perdón: lo mejor sería que no te metas con estos ritmos y comiences a pensar en dedicarte al pop o a la bachata.

Personalmente, aplaudo que las cosas se den así. Es parte de mantener la identidad de la música, que es un reflejo de lo que le pasa al pueblo. En Argentina la cuestión es diferente. Como dice un amigo, “los pibes caminan por la Nuñez como si estuvieran en el Bronx”. De todos modos no me asusto. Nosotros no tenemos hip hop, pero si creamos otros estilos que reflejaron nuestras historias con raíz y criterio para hacerlo.

Supongo que en los comienzos del tango, se valoraba a los músicos por su arrabal y por la identidad de su canto, bien porteño, de bares, de putas. Y entiendo que fue por eso que se criticó y fustigó tanto a Astor Piazzolla (a quien se comenzó a valorar en Argentina en épocas modernas): muchos no lo consideraban tanguero por la influencia europea – jazzera de sus obras. La identidad del tango es muy fuerte. Creo que esa es la razón por la cual no se sigue produciendo como tal, sino más vale reproduciendo. No nos atrevemos a recitar letras que se desubiquen en el espacio temporal original del dos por cuatro. Nos hemos comportado respetuosamente al respecto.

También me quedo tranquila porque nuestro país es un gran productor de cumbia, aunque usted no lo crea. Y no es la cumbia colombiana trágicamente deformada; es una cumbia nueva, tan pesada como quienes se atreven a cantarla en un escenario. Nace en la villa y ahí se queda.

Señores: a los barrios, respeto y a la música, libertad. Salú.

*Pame es Periodista profesional y está en Puerto Rico desde finales de febrero. Planea quedarse allí hasta fin de año. Las historias continuaran…

+ El video de Calle 13 con Rubén Blades: http://www.youtube.com/watch?v=eCxEzoKaXAg

1 comentario

Archivado bajo Cronicas de viaje, Historias, Musica y vida, Sueños

Historias de vida. Cronicas de viaje

Cuando viajaba escribí algo. Pero lo deje a la mitad, como esperando que sucediera algo mas. No pude darle cierre ni cuerpo. Sin saberlo, ese final era hoy. Al menos por ahora. Los invito a ser parte de este viaje…

En la esquina, no hay nadie esperando. Todos desfilan por la ruta y nadie les presta atención. Como cuesta salir al sol, como cuesta afrontar que el pasado fue mejor. Como cuesta vivir hoy.
Nuestras caras no sonríen, están enojadas, tristes, es que no hay nadie en la esquina.
Se sientan a pensar, tal vez esperando que el cielo les de una seńal.

Es indudable, acá esta una parte de mi. Una historia de vida, como cualquiera de aquella esquina, pero en esta puedo participar. Escucho, simplemente. Les ofrezco esto, tal vez poco. Me reprocho no poder hacer mas por ellos, por sus miserias, por recuperarles la sonrisa.
Pero también pienso que este es el mejor homenaje, lo que estoy escribiendo, un asado, una charla pendiente. Mis oídos, un abrazo.
Hay fotos viejas, forman un conjunto de recuerdos en color sepia que hacen de ellas una reliquia poco comprobable para cualquiera. Momentos que han servido para moldear sus propias vidas y lo que podría haber sido. Cuanto amor, cuanta paz, cuanta inocencia colapsada, congelada en los años, como queriendo que no pasen.

Ocho hermanos, muchos que ya no están. Glorias pasadas, amistades desencontradas, hijos perdidos y orgullos heridos. Mis tíos, mis abuelos. Mi viejo, haciendo el asado mientras intenta unirlos en el discurso, construyendo un mensaje esperanzador. Los invita a casa, quiere ser un poco mas anfitrión.
Todos concluimos en que solos nos vamos, mas allá de la plata y de algunos logros personales. Mas allá del rencor, de los problemas, ahí somos todos iguales, como si hiciera falta la aclaración. Como si antes no lo fueramos.

Las calles de tierra llenas de chicos que miran con identidad. Una casa pequeña, muchas personas. Una ambulancia que que viene a hacer un chequeo de rutina, según me cuentan. Mas allá los robos, prometen que ahora y acá no van a tocarnos, que están ellos para defendernos. Un país duro, desigual, que arroja los peores vestigios al azar, sin remordimiento, mas una sociedad que parece haberlos olvidado por completo. Adentro, rezan todo tipo de oraciones. Unos titulos aparentemente universitarios cuelgan de la pared, que se termina de decorar con recuadros gastados y desprolijos.
Mi Tio me pregunta si en mi ciudad esta igual que siempre. Me pregunta por unas flores que el comía cuando era chico. A ambas preguntas le respondo que si. Se le llenan los ojos de lagrimas. Hablamos del Golf, de sus tiempos de Caddie. Del Pato y del Gato. Finaliza sugiriendo que algún día puedo volver a visitarlo. Yo lo invito a mi casa. A mi lugar, hoy. Dice que “le encantaría”. Los dos nos emocionamos.

En otro punto del lugar en donde estamos, el bebe, mi hermano. La pureza, la fuerza, las ganas de vivir. Las ilusioness y la fantasías desconocidas de un mundo mejor. El es el nexo, pienso. Es la conexión entre estas dos piezas de mi vida. Es la foto que nos sacaremos dentro de un rato. Es el mañana, la reunión familiar, el almuerzo, las historias, el brindis. Una foto que tendrá el lugar reservado solo para los acontecimientos de la memoria.
Inevitablemente lo dejare atrás, pero puedo estar tranquilo.
Ahora si, el asado esta listo.

Será hasta la próxima.

George Blanco

Deja un comentario

Archivado bajo Cronicas de viaje, Historias