Cronicas de viaje: los códigos en la vida de barrio

* Por Pamela Rudy, desde Puerto Rico

Estoy aquí para contarles algo sobre la música urbana y “la vida en el barrio”. A decir verdad, empiezo el texto sin estar segura de lo que voy a escribir y me da un poco miedo contar algo que pueda ofender. Yo no quiero problemas. Sepan disculpar boricuas si mis palabras no son las correctas. Escribo estas líneas desde mi humilde puesto de turista/ciudadana (no de ley) que hace casi dos meses esta merodeando una cultura rica y ambigua, plagada de códigos, como creo que solía suceder hace décadas en nuestro país.

Aclaremos antes que nada, para quienes no están al tanto, que escribo desde Puerto Rico, un “país libre asociado a los Estados Unidos”, título por demás interesante para una isla cuya moneda, sistema migratorio, líneas aéreas, servicios públicos, empresas privadas, idioma y política se encuentran “integrados libremente” dentro del sistema americano. Más de un turista pregunta a menudo cual es el presidente de Puerto Rico y no es una duda grata para aquellos portoriqueños que desde pequeños aprendieron a ver a su país como una cultura dominada a la que se sigue explotando. “Respondemos a Obama”, suele escucharse a regañadientes, si no es que suena un silencio de indignación. ¿Por qué un país libre no puede elegir a su propio presidente? Sólo el imperio conoce la respuesta, pero ya me estoy yendo del tema y no es la idea.

San Juan es el parte más antigua de la isla. En la época colonial ésta área se llamaba Puerto Rico y el país San Juan, pero como los barcos españoles partían específicamente a esta zona portuaria, los nombres se invirtieron al modo actual. Por aquellas épocas España construyó dos fuertes de guerra sobre las costas sanjuaninas. Estas enormes construcciones protegían a la ciudad de los ataques extranjeros con gran efectividad. A pocos metros cuesta arriba por encima de estos “morros”, se encontraban las elegantes y lujosas residencias de los colonos y demás gente poderosa de la época.

Ustedes se preguntarán ¿Quién salía a poner el pecho cuando alguien atacaba las costas? ¿Eran los dueños de estas hermosas residencias? Claro que no. Una distancia de aproximadamente trescientos metros separa un fuerte del otro. Allí abajo, sobre el mismo nivel del mar, vivía la servidumbre, los obreros, la clase baja, apartada del resto de la sociedad al azote de la marea y de la guerra. Todo era lógico: abajo los pobres, arriba los ricos.

Sepan disculpar mi pequeña reseña histórica, pero sucede que hoy en día las cosas no han cambiado mucho. San Juan es puerto de cruceros que arriban todos los santos días repletos de turistas hambrientos. Sus residencias siguen siendo las más costosas del mercado, en sus plazas hay enormes esculturas homenajeando a los próceres de la isla (no, no son esos humildes trabajadores que murieron luchando) y ahí mismo, donde vivían los desplazados de la sociedad, hoy se encuentra La Perla.

Imágen de La Perla, Puerto Rico.

Algunos lo llaman barrio, otros dicen que es un caserío. Lo cierto es que la gente que nace allí arrastra una identidad hace más de doscientos años, una forma de ver a su cultura que poco tiene que ver con la (con) fusión que trajo el sistema estadounidense a la isla. Ahí abajo siguen estando los trabajadores humildes, los apartados, ahora en convivencia con gángsters y una serie de pandillas que controlan la zona. Nadie se mete con La Perla, ni siquiera la policía. Todos están al tanto de que allí se venden drogas y que los ajustes de cuenta son moneda corriente, pero la justicia del barrio hoy parece tener más eficacia que la federal. Basta con conocer a las personas indicadas y mostrar respeto ante todo.

Ese es mi caso. Como soy extranjera y mis rasgos físicos no me ayudan, comencé a bajar al barrio acompañada de gente “habilitada”. Siempre que apareció la oportunidad de dialogar con alguien residente, me mostré calma y aclararé que soy de un país bien del sur, más de lo que ellos imaginan, y que estoy trabajando al servicio de “blanquitos” a cambio de muy pocos “chavos”. Y al parecer eso funciona. Una vez un personaje se acercó y me dijo: “Si alguna vez alguien te roba o te hace algo, tú me avisas. Tus cosas aparecerán en la puerta de tu casa y quien te las robó desaparece, eso es fácil”. Todo esto por haberle convidado un cigarrillo con una mirada austera (diferente a la del turista que todo lo sonríe) y eso al parecer le agradó. Así se van moviendo las cosas. Uno de los lugares más peligrosos del país puede ser también uno de los más seguros. Como dije antes, respeto ante todo.

También me atreví a salir con un ex gángster, actualmente músico bien reconocido, y les aseguro que cuando estaba con él o en su ausencia mencionaba que estábamos saliendo, nadie me miraba ni los talones y se iban alejando lentamente, como evitando problemas. Así mismo, este chico sabía absolutamente todo lo que yo hacía y eso sinceramente llegó a asustarme bastante: “ayer fuiste a cenar a Sofía y pediste una pizza con agua mineral. Después pasaste por Niuyoricans Café a saludar, no te quisiste quedar porque había mucha gente, caminaste hasta tu casa y antes de subir te tomaste una piña colada sin alcohol en el Café Guarniex”. Imagínate.

En La Perla se criaron algunos de los grandes raperos que hoy suenan en la radio, bien nutridos de los códigos del barrio. Si Tego Calderón canta “los maté, pero no fue mala fe, hice lo que tenía que hacer” o “no tiren contra mí, qué saben, si ninguno de ustedes ha matao veinte” les aseguro que no hay motivos para creer que su lírica es pura fantasía ficticia y comercial.

Como ya sabemos, el hip hop nace en los barrios y sólo de allí sale su valoración. Por lo menos en Puerto Rico se respeta sólo al cantante cuyas letras se fundan en su historia y por la audacia de las mismas son personas intocables. Ellos tienen el derecho a la palabra y a la representación del barrio. En Argentina se juzga a los músicos cuando se hacen comerciales. Aquí se los entierra cuando hablan de lo que no conocen ni deben. Los raperos de “letras genéricas”, que suben al podio desde arriba, aquí son arremetidos a muerte por todo el resto que la viene peleando. Por más comerciales que sean, no tienen el respeto de la gente y eso los convierte en profetas sólo en tierra ajena. Mencionar a Daddy Yankee, Wisin&Yandel o PDD es hablar de muñequitos de torta sin estilo propio, a los que a nadie le interesa escuchar. No se trata de “quién vende más discos”, sino de “quién es más real”.

Una de mis conclusiones es que en esta isla el hip hop, el rap, las rimas, siguen existiendo como modo de enfrentar a dos personas y ver quién es el que domina mejor el alfabeto. Siguen sucediendo los combates al estilo Bronx. Cantantes dedican producciones enteras arremetiendo contra sus oponentes y eso los consagra. Si no estás dispuesto a pelear, si tiraste contra alguien y ahora te arrepentís, no pidas perdón: lo mejor sería que no te metas con estos ritmos y comiences a pensar en dedicarte al pop o a la bachata.

Personalmente, aplaudo que las cosas se den así. Es parte de mantener la identidad de la música, que es un reflejo de lo que le pasa al pueblo. En Argentina la cuestión es diferente. Como dice un amigo, “los pibes caminan por la Nuñez como si estuvieran en el Bronx”. De todos modos no me asusto. Nosotros no tenemos hip hop, pero si creamos otros estilos que reflejaron nuestras historias con raíz y criterio para hacerlo.

Supongo que en los comienzos del tango, se valoraba a los músicos por su arrabal y por la identidad de su canto, bien porteño, de bares, de putas. Y entiendo que fue por eso que se criticó y fustigó tanto a Astor Piazzolla (a quien se comenzó a valorar en Argentina en épocas modernas): muchos no lo consideraban tanguero por la influencia europea – jazzera de sus obras. La identidad del tango es muy fuerte. Creo que esa es la razón por la cual no se sigue produciendo como tal, sino más vale reproduciendo. No nos atrevemos a recitar letras que se desubiquen en el espacio temporal original del dos por cuatro. Nos hemos comportado respetuosamente al respecto.

También me quedo tranquila porque nuestro país es un gran productor de cumbia, aunque usted no lo crea. Y no es la cumbia colombiana trágicamente deformada; es una cumbia nueva, tan pesada como quienes se atreven a cantarla en un escenario. Nace en la villa y ahí se queda.

Señores: a los barrios, respeto y a la música, libertad. Salú.

*Pame es Periodista profesional y está en Puerto Rico desde finales de febrero. Planea quedarse allí hasta fin de año. Las historias continuaran…

+ El video de Calle 13 con Rubén Blades: http://www.youtube.com/watch?v=eCxEzoKaXAg

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1 comentario

Archivado bajo Cronicas de viaje, Historias, Musica y vida, Sueños

Una respuesta a “Cronicas de viaje: los códigos en la vida de barrio

  1. Harry

    Oyeeee esto esta chevere, continua con tu viaje y dejanos saber tus aventuras

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