Una historia a la que simplemente decidí llamar “El y Ella”

El: Esto es digno de una escena de Almodovar, ¿sabes?
Pedro es uno de los directores favoritos de El y sugiere que Ella tal vez podría ser Penelope Cruz, lo que provoca risas.
Ella: ¿Como seria?
El: El exitoso periodista logra publicar una nota en una revista importante de música de la ciudad, pero resulta que en el lobby de la presentación se aburre, se olvida de donde esta, agarra una copa de champagne y toma de la mano a Ella y se van a sentar a algún lugar lejano del recinto. Un lugar lejos bajo el mismo techo. A donde pueda descansar de las miradas curiosas y el discurso obligado. Resulta que, esa noche el no quiere estar rodeado de gente. El solo quiere estar al lado de Ella. Esa noche El quiere dejar atrás el personaje.
Ahí en ese sofá esta a salvo, al menos esa es su sensación. La gente recorre el lugar, mientras en ese “rincon lejano” El y Ella animan una charla interesante. Hace mucho no se ven, coinciden los dos. Pero Ella sigue igual. El la mira a los ojos cuando puede. Casi nunca puede mirar a los ojos a las personas mas importantes de su vida. Hace un esfuerzo enorme por hacerlo pero cuando lo logra, el champagne otra vez parece llamarlo. Y el le hace caso. El tiene esas cosas, a veces es un pelotudo sin querer serlo. Toma un sorbo largo mientras siente el alivio de estar a salvo de la expresión de sus ojos. “Bueno, al menos pude mirarla una vez, ¿no?” , piensa. Ella le cuenta de su vida últimamente. Su familia, sus amigos, las anécdotas de un viaje, su chico, sus deseos… El la escucha atentamente. Siempre lo había hecho. Tanto, que a veces despertaba conmovido porque le parecía haberla oído en sus largas noches de sueños inconclusos. Quizás de verdad la escuchaba, pensó. O quizás estaba loco y eran las ganas que tenía de percibir lo que emitía su voz lo que provocaba tal alucinación. Lo cierto es que ahora era real: ahí estaba Ella. Hablaba con su boca y sus ojos a la vez. Pero El no podía mirar a su interlocutora, ni a sus ojos y menos a sus labios. Tipo lleno de dudas, ahí estaba El, como podía. Ella también tenía sus cosas, no era la mejor pero El la quería así. Era especial. Y no trataba de juzgar sus miedos o inseguridades, al menos no el ultimo tiempo. Había aceptado que no podía cambiarla si ni siquiera podía con el. Cada día que pasaba entendía el porque la necesidad de escuchar su voz, aunque sea en los sueños.
Ella: Este house me esta matando, me aturde.
El: Si, a mi también. Bueno, vamos afuera?
Ella: Dale,¿a que hora nos vamos?
El: En un rato, ¿te parece?
Ella: Me parece bien. Pero primero vamos afuera, a la plaza. Tomar aire, charlar mas tranqui, ademas quiero fumar.
El: (miradas cómplices) Pude mirarla, piensa.

Ella había decido salir esa noche. Lo había acompañado a El al evento pero después iba a encontrarse en un boliche con “el amante de su mejor amiga”, al que definió como su gran amigo.
Nos sentamos en un banco.
Ella: Tengo frío. Me parece que paso un rato para cumplir pero me vuelvo temprano a dormir… (prende el cigarrillo)
El: Si, hace un poco de frío la verdad, pero para mi esta bien.
Ella:¿Me acompañas a Peekaboo?
El: Humm… Perdón pero no. Estoy cansado, anoche sali. Además mañana me despiero temprano.

Los 5 minutos siguientes se la pasaron hablando de la vida, combinando filosofía (Ella se declaro aristotélica) poesía y algunas anécdotas. Además hablaron del amor, de ellos, y hasta El le revelo porque alguna vez se había enamorado de ella. Lo había hecho mil veces, pero por alguna razón sentía la necesidad de repetirlo, y sabia que a Ella le provocaba gratitud y le gustaba escucharlo. Ya no había música, solo sus voces. Aun le costaba mirarla a los ojos pero había dado grandes pasos al hacerlo en ocasiones. Hablaron de los planes de vida, de la felicidad y la tristeza. El le contó que tenía planes de seguir su vida afuera, y Ella le dijo que no planeara tanto, que viviera el día a día.

Se hizo tarde y era hora de partir. A Ella la esperaba su amigo y a El su cama. “A mi me espera la soledad” le dijo. Le leyó una frase de Galeano que hablaba al respecto, y le contó que es la soledad la que nunca lo abandona. Que después del éxito, cuando las cortinas se cierran y las luces se apagan, vuelve a estar solo con su conciencia. Le duele no poder compartir esa sensación de triunfo, pero no reniega de ello. En cambio, se sienta a escribir, a crear relatos, llenos de ilusiones, fracasos y sobretodo, llenos de vida.
Antes de levantarse la abraza fuerte.
Ella: Me siento tan querida con vos
El: (…)
Por primera vez El hace un silencio prolongado, cuando puede hablar, dice:”Gracias, me alegra escucharlo”.

Se toman un taxi, Ella se va a bailar, El a dormir. Se despiden hasta la próxima. El cumplió con su obligación, piensa. Su nota ya esta impresa. Llega a casa. No puede conciliar el sueño. Pone en el DVD la escena final de Micky Rourke en “El luchador”, y escribe esta historia. Ahora si, puede ir a descansar. Mañana, el show debe continuar.

George

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3 comentarios

Archivado bajo Historias

3 Respuestas a “Una historia a la que simplemente decidí llamar “El y Ella”

  1. Lucrecia

    Que Buenoooo !!!!

  2. Florencia C.

    Sin palabras…

    Haria el cambio de roles, las situaciones serian otras y casi estariamos sentados en mi sueño de anoche…

    Es tremendo George!
    Tre-men-do!

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